En otra vida.
Capitulo 1 – No quiero vivir.
La noche era fría.
Lo sabía por la escarcha que cubría la mayor parte del césped en donde me encontraba tendida. Sin embargo yo no lo sentía. Mi cuerpo estaba más frío de lo que estaba la escarcha. Varías horas atrás había decidido dejar de luchar y quedarme quieta, esperando que la consoladora muerte fuera a mi encuentro. Después de todo yo misma me había lanzado dentro del abismo para acabar de una vez por todas con mi existencia.
Las horas pasaban tortuosamente lentas mientras me sentía oscilar entre el sueño y el dolor. Lo suficientemente lentas para que mi instinto insistiera en mantenerme despierta susurrándome un “no te duermas”, cada vez que mis parpados comenzaban a caer frente a mí como el telón al final de una obra.
Y a pesar de que estaba muriendo, aún podía apreciar algunas cosas, como que la noche era hermosa. No lo había podido notar antes, había estado tan preocupada de mi propio dolor que no había reparado en la belleza de las cosas sencillas que habían justo frente a mí: como la aureola de la luna y las temblorosas estrellas bailando bajo el silbido que el viento arrancaba a los acantilados a su alrededor. Había elegido el lugar porque me había parecido el marco ideal para una horrorosa muerte, era el lugar perfecto para concluir la tragedia en la que se había convertido mi vida; pero ahora lo veía mejor, había más vida en este lugar de la que habría podido encontrar entre los muros de la casa que habían sido todo mi universo hasta entonces.
Nunca había sentido dolor más terrible, me había encontrado sola luchando para mantenerme conciente mientras punzada tras punzada el dolor me obligaba a doblarme sobre mi misma, ningún rostro amable se había volteado hacia mi cuando el niño en mis entrañas se desprendía de mi interior. Cuando abrí los ojos, lo supe, sabía que no tenía nada, estaba vacía. Una cáscara sin propósito, sin nada que ofrecer. Me habían culpado de aquello, pero el desprecio en los rostros de los demás no me lastimaba igual que el saber que no había podido mantener al pequeño en mi vientre, que no había sido capaz de conservarlo seguro. Jamás volvería a tener la oportunidad de ser madre. Intenté volver a la normalidad, pero las palabras que intentaban ser consoladoras no hacían más que exasperar más mi rabia. Sentía que mi vida se volvía una mentira y que no había forma de que pudiera encontrar a alguien que no engañara y que no mostrara rostros como el resto. Decían que lo sentían por mí, pero en realidad no lo hacían. Lo podía ver en sus tratos fríos y calculados. Las lecciones para fingir dolor y tristeza las habían aprendido tan bien como lo había hecho yo.
Las sonrisas amables y los gestos agradables no eran más que mascaradas empeñadas en recordarme lo que no había podido conservar. Lo único que me había importado a tal punto que había hecho que olvidara las obligaciones a las que era sometida por mi esposo y mi familia, a las absurdas reglas sociales y la hipocresía creciente del universo voluptuosamente construido a mi alrededor. Lo único que era real y que tenía sentido para mi: un hijo, un ser que crecería en mi interior, con el que estaría conectada de por vida, lo único que podía considerar mío por una vez en mi existencia. Sin embargo, perdí todas sus esperanzas en el mismo momento que la vida se desprendió de mi matriz. Nada importaba después.
Tarareé dificultosamente una canción de cuna para el pequeño que había perdido; me di cuenta, dolorosamente, que la canción no sería oída por nadie más que yo. Tarareé viendo como la luna en su cenit se volvía borrosa mientras tibias lágrimas buscaban su camino a través de mi ensangrentado rostro. Tarareé para olvidar las crueles palabras que me habían hecho tomar esta decisión y para no arrepentirme de haberla tomado. Tarareé como la confirmación de que nunca, nadie podría tomar el lugar de la criatura que no había podido llegar a conocer. No habría otros que pudieran reemplazarlo, Dios no permitiría que otro ocupara este vientre estéril. Por eso moría, por eso ya no quería vivir.
Seguí esperando que la noche se llevara mi dolor y con el las notas de la canción que no escucharía mi pequeño. Pacientemente me propuse que mi conciencia se drenara junto a mi sangre por las rocas del acantilado. Cada gota un poco de mi misma, cada gota un poco de mi tristeza y mi dolor, cada gota una lágrima, cada gota un paso hacia el encuentro con mi pequeño.
—¿Esta viva?
—No. Si lo estuviera, no estaría en la morgue.
—¿Sabes quien era?
—Sí, Lady Esme Evenson. Era cuestión de tiempo para que acabara así.
—¿Por qué?
— Perdió a su hijo hace un tiempo, no pudo recuperarse.
—No era su destino ser madre.
—Al parecer, no lo era. ¿No la llevas a la morgue?
—No, acaba de llegar, la tengo que llevar con el Dr. Cullen.
—Pero si ya está muerta, ¿por qué tienes que llevarla con él?
—No lo sé, mejor me voy, viene el doctor.
Estaba fría, gélida. Mi cuerpo era hielo, estaba congelada hasta el centro mismo de mi ser. Mi corazón aún latía, pero tan pausadamente que parecía una cuenta regresiva: 9… 8…7… el hielo pronto lo detendría por completo. Tenía frío y mi alma escarchada me rogaba quedarme conciente. 6… 5… ¿Qué parte de mí era la que no quería pasar mis últimos segundos inconciente?, ¿qué era?, ¿instinto de sobrevivencia?, ¿deseos de vivir? 4… 3… 2… ¿quería vivir?, no quería, tenía que hacerlo, pero no había para que. Se acababa mi tiempo.
Mi último latido, la vida se iría junto a él como se había ido mi hijo, el frío y la inconciencia finalmente podrían hacer sucumbir cualquier resistencia.
Mi último latido luchando por abrirse paso entre el frío; lento, seguro. Un latido confiado, calido, vigoroso. Un latido que no se rendía, brioso, que sabía que vencería. Un latido que empujó llamaradas a través de mi pecho estallando en un indomable incendio que comenzó a consumirme desde mi torso. Llamas se extendían por mis miembros quemándolos, escociéndolos y lastimándome hasta la locura. Ríos de fuego corrían en mis venas, quemando el hielo, reemplazándolo por brazas. Era una hoguera, me consumía punzantemente entre los frenéticos estallidos de calor.
Una eternidad aullé de dolor, rasgando mi propia piel, curvando mi cuerpo para quitarme las llamas, pero estaban por todas partes, animadas por los renovados latidos de mi corazón, que traicioneramente me mantenían viva, enviando ráfagas de fuego que avanzaban por mis venas quemando y devorando mi cuerpo, lapidándome sin terminar de liquidarme, matándome pero sin permitirme morir.
El fuego desapareció junto con el dolor y abrí los ojos para encontrarme con un hombre frente a frente. Un dulce rostro pálido y preocupado me observaba con ojos obsidianas. El terror no me permitía moverme. Sabía que algo había sucedido, sabía que algo había cambiado en mí, el fuego parecía tan lejano como si nunca hubiese sucedido.
—¿Esme?
¿Conocía ese nombre?, ¿conocía a ese hombre que me hablaba con voz de terciopelo?
Lo que sucedió después no lo comprendí del todo. Tuve la necesidad de tocar ese rostro blanco y preocupado y luego, sin saber como, yacía sobre el hombre en horcajadas con su rostro aprisionado entre mis manos.
—Esme —repitió el hombre con serenidad.
Me incliné sobre él atraída por el aroma de su aliento. ¿Conocía ese nombre?, ¿debería conocer al hombre que me hablaba?
—Esme —articuló nuevamente, ahora con preocupación.
Absorbí el exquisito hálito de sus labios entreabiertos, cerrando los ojos para concentrarme sólo en la deliciosa esencia que escapaba de su boca cada vez que decía aquel nombre.
—Esme —susurré. Entonces una nueva urgencia se apoderó de mí en el mismo momento que abrí la boca. Mi garganta ardía, me quemaba exigiendo ser aliviada en ese mismo instante.
En un momento estuve de pie, frenética, buscando con que calmar mi sed. Me precipité contra los muros, golpeándolos con los puños hasta que encontré una puerta por la cual salir.
—¡Esme, vuelve! —llamó con ansiedad el hombre detrás de mí.
No podía volver, tenía que calmar el ardor en mi garganta. Me hundí entre unos enormes árboles que rodeaban todo el lugar. Entonces un irresistible aroma a mis espaldas me hizo girar sobre mi misma y concentrarme en el hecho de que mi alimento se movía velozmente alejándose de mí. Me lancé instintivamente en la persecución de lo que prometía ser lo que aplacaría mi sed. En pocos segundos me encontré frente a frente con un animal de formas elegantes, con esbeltas patas y una enorme ornamenta en su cabeza. Supe enseguida donde y como atacar. Y cuando terminé con ese, entendí que uno no sería suficiente.
Recién después del tercero comprendí que lo que estaba haciendo era una monstruosidad. Me levanté dándome cuenta que apenas si estaba vestida con unos trozos de tela y que estaba cubierta de sangre de mis victimas. No sabía donde estaba, ni donde ir. La angustia se apoderó de mí, intenté llorar; pero no había lágrimas que brotaran de mis ojos, el terror me consumía, algo pasaba y no entendía. Corrí, vagué y finalmente me acurruqué entre los árboles desorientada, deseando que alguien me sacara de aquella pesadilla, que alguien me ayudara a entender.
No lo había notado hasta entonces, había estado tan perdida en un torbellino de sensaciones extrañas que no había reparado en que el mundo se veía distinto, seguía siendo el mismo, pero yo lo percibía de forma más intensa. Todo era más vivido, los colores, los aromas, las sensaciones. Nunca supe cuanto tiempo estuve perdida, tenía miedo y la sed me torturaba constantemente. No me atrevía a salir del bosque o moverme muy lejos de donde me encontraba, pero el sentir presencias cercanas y amenazantes me hacían salir huyendo sin siquiera darme cuenta. La velocidad a la que podía moverme era vertiginosa y me asustaba más que verme atacando con salvaje ferocidad y fuerza a animales.
Lo último que descubrí fue que mi cuerpo no sólo era más fuerte, resistente y veloz, sino que además tenía la peculiaridad de brillar bajo la luz del sol. Había un mundo de preguntas que necesitaban respuestas, ¿por qué estaba viva?, ¿qué había sido aquel incendio cuando creí que moriría?, por qué ahora era tan distinta?, ¿por qué me había convertido en un monstruo bebedor de sangre?, ¿por qué un monstruo podía hacer algo tan hermosos como brillar? Lo único que me reconfortaba era eso, sólo encontraba paz cuando admiraba el espectáculo de luces a mí alrededor, estando es eso sentí que alguien se acercaba.
—¿Esme?— escuché una aterciopelada voz en algún lugar entre los árboles. Busqué frenéticamente entre la espesura de follaje hasta que encontré el mismo rostro pálido y preocupado con el que me había despertado tiempo atrás. Nos quedamos mirando un momento. Cuando su expresión se dulcifico, recordé el rostro que había añorado por mucho tiempo en mis recuerdos. Me lancé a su encuentro sabiendo que conocía ese nombre y que conocía a aquel hombre.
—Carlisle —sollocé arrojándome a sus brazos—, ¿eres tú, Carlisle?
Me miró con sus angustiados ojos confundido.
—¿Estás bien? —me preguntó sin apartarse de mí.
Asentí alejándome un poco de él. Era extraño, antes no lo había reconocido, pero ahora sabía quien era. Era mi Carlisle.
—¿Qué me ha sucedido? —le pregunté presintiendo que el sabría la respuesta.
—Te lo explicaré pronto —me dijo al tiempo que ponía sobre mis hombros una capa que había traído con él—, pero antes vayamos a un lugar seguro, hay una cabaña a la que podemos ir.
Miré a Carlisle junto a mí, guiando mi camino. Sentía su tranquilizadora presencia reconfortándome a pesar de que no nos tocábamos. Recordé la imagen que tenía guardada de él en mi memoria, era el mismo que recordaba de mi adolescencia, mi primer amor. Sin embargo, ahora notaba cada tonalidad de su dorada cabellera, cada línea alrededor de sus ojos, los imposibles matices de su pálido y ojeroso rostro.
—Carlisle —pronuncié sin dejar de mirarlo. Giró su rostro hacía mí, sonriéndome dulcemente.
—La última vez que hablamos dijiste que nos veríamos en otra vida —recordé automáticamente. Entonces, al ver el cambio de expresión en su rostro, una luz de entendimiento barrió todas las brumas que me inquietaban. ¿Era él como yo?, ¿qué tan diferentes del resto de la gente podría ser?
—Somos distintos… — murmuré.
—Así es —confirmó extendido su mano hacía mí. La tomé sintiendo que su piel no era fría como lo recordaba. Miré su mano y la mía, ambas igualmente pálidas.
¿Qué éramos?
Capitulo 2 – Volver a la vida.
—Carlisle, no te marches. No es tu culpa que me enamorara de ti. Olvida todo, has como si nunca te hubiese dicho esas palabras, pero no te marches.
—No me voy por ti, pequeña. No te culpes, pero ya no puedo permanecer aquí mucho más.
—Todos están felices de que estés aquí y no tienes otros motivos para marcharte. Sé que es por mí, lo sé.
—No llores, Esme. Sé que tu cariño es sincero, pero no soy lo que mereces.
—Aún cuando intentes convencerte de lo contrario, ambos sabemos que no es sólo cariño lo que siento por ti y por otro lado, no entiendo a lo que te refieres cuando dices que no puedes darme lo que merezco, no eres casado y el dinero no es un problema para ti.
—Hay otras cosas, pequeña. Hay un abismo entre tú y yo. Dejemos esto hasta aquí, cuando aún nadie ha salido lastimado.
—Tienes razón cuando dices que hay un abismo entre los dos, talvez no lo entienda, pero en cuanto lo dijiste lo supe. No voy a insistir en que te quedes, pero prométeme que esta no será la última vez que nos veamos.
—Eso no te lo puedo prometer mi querida Esme. Pero estaré siempre pendiente de ti.
Había muchos secretos e historias que se habían tejido por años alrededor de la figura del Dr. Cullen. Tenía hábitos extraños, trabajaba desde el amanecer al anochecer sin descanso, ni siquiera para comer. La única queja de sus pacientes eran sus manos frías. Despertaba los rumores de los hombres por sus extrañas desapariciones cada cierto tiempo y el de las mujeres por su lejanía con ellas. Su extrema palidez, que decía era causada por una anemia, no pasaba desapercibida. No tenía esposa, ni novia. A pesar de las muchas invitaciones que le hacían las señoras a sus fiestas, no se sabía que hubiese asistido a ninguna. Sólo hacía raras y poco frecuentes visitas a domicilio.
Me había sentido afortunada cuando nos quedamos atrapados por una avalancha de nieve en la montaña cuando tenía 15 y el Dr. Cullen apareció para salvarnos. Nos llevó a un refugio, pero una nueva avalancha nos atrapó durante una semana. Sólo unos días bastaron para que me diera cuenta de lo bondadoso que era Carlisle, antes sólo me había fijado en su atractivo físico, pero más allá de eso había un hombre que amaba cuidar de los demás, que entregaba todo su tiempo a ayudarles, con el mismo espíritu desinteresado que le había hecho subir a la montaña por nosotros. Después de ese episodio no esperaba volver a verlo, pero mi padre había quedado con una seria neumonía debido al incidente y él se hizo cargo personalmente de cuidarlo y de visitarlo casi diariamente. Nuestras largas conversaciones junto al lecho de mi padre nos llevaron a una creciente amistad. Sólo era cuestión de tiempo hasta descubriera el sentimiento que estaba naciendo en mí, algo me decía que era correspondida por lo que me atreví a confesarme. Lo que no me esperaba, sin embargo, era que ese mismo día él me informara que debía marcharse de la ciudad y que no había posibilidades de que volviera.
Nuestra última conversación me convenció de que me había hecho castillos en el aire imaginando una vida junto a Carlisle, rodeados de una hermosa familia a la que cuidar y amar. En muy poco tiempo había me había enamorado de su amabilidad y candidez, sabía que jamás encontraría a alguien como él.
Aún así seguí mi vida, me casé, intenté formar una familia, pero Dios no quería que fuera madre e injustamente me había arrebatado el fruto de mis entrañas. Todos me habían culpado y aunque intentaban ser amables no dejaban de torturarme con sus miradas llenas de falsa piedad. Todos habían sido tan crueles, cuando la que más lamentaba la perdida era yo. Era mi niño, era mi hijo.
Carlisle presionó mi mano trayéndome de vuelta al presente.
—Debemos darnos prisa —me dijo sin detenernos.
—¿Debemos? —pregunté tratando de no revelar que no me gustaba ir rápido.
Me sonrió cariñosamente.
—No te preocupes. Llegaremos en unos minutos.
Debió notar mi temor, porque en un segundo me elevó sin dificultad entre sus brazos. Me abracé a él instintivamente, apretándome contra su pecho.
—Es mejor que cierres los ojos —me sugirió al oído. Un escalofrió recorrió mi espina. Asentí y cerré los ojos. Unos segundos después sentí como una ráfaga de viento en mi rostro y mi cabello arremolinándose a mí alrededor. Sin saber porqué abrí los ojos y vi la mancha verdosa que era el bosque a las espaldas de Carlisle, flotábamos entre los árboles como si no hubiese un suelo.
Cuando el viaje terminó, Carlisle me dejó en el piso suavemente. Frente a mí había una cabaña oculta entre frondosos árboles. La luz del sol apenas iluminaba el lugar.
—Hay cazadores cerca de aquí —indicó tomando mi mano y guiándome a la cabaña—, no debemos llamar la atención hasta que se hayan marchado.
—¿Cazadores? —pregunté sin entender.
—Hay muchas cosas que debo explicarte, Esme —se disculpó—, te lo contaré todo, lo prometo.
Sentí el temor en sus palabras, pero no temía por él, temía por mí. Yo era la que podría estar en peligro.
—Estaremos bien —lo animé sin saber como podía afirmarlo con tanta seguridad.
Me sonrió mientras abría la puerta de la cabaña.
—Bienvenida —me saludo un hermoso joven de cabellos castaños cobrizos poniéndose de pie cuando me vio entrar—, los esperaba mucho antes —dijo dirigiéndose a mi acompañante.
—Él es Edward —me explicó Carlisle.
—Un gusto —hice una reverencia a Edward—, Esme Anne Evenss… Platt —me corregí automáticamente. Lady Evenson había muerto en el acantilado, no tenía porque usar ese apellido nunca más. Ahora sólo era Esme.
El muchacho me respondió la reverencia con una sonrisa curiosa, aunque amable.
—El gusto es mío.
—Debo salir, Esme —me informó inmediatamente Carlisle a mis espaldas—, Edward se quedará contigo.
—No vayas —le dije reteniendo su mano.
—Hay algo que debo hacer —me dijo intentando soltarse de mi mano con suavidad—, confío en Edward, él te cuidará mientras estoy afuera.
—No debes ir, Carlisle —insistí presionando con mas fuerza su mano.
Hizo una mueca de dolor cuando le apreté la mano, pero no aflojé, sabía que si lo dejaba salir, algo malo le pasaría. Edward miraba espantado la escena, pero luego tranquilizó la expresión y se acercó a nosotros.
—No intentes convencerme, no lo dejaré salir —lo amenacé mientras se acercaba.
—Esta muy convencida de que te pasará algo si sales —le dijo con seriedad—, creo que debes hacerle caso.
—Está bien —aceptó Carlisle con gentileza—, no saldré.
Sonreí aliviada.
—Tú tampoco saldrás —le dije a Edward con involuntaria severidad.
—Ninguno de los dos saldrá —convino con una sonrisa divertida—, y creo que ya le puedes soltar la mano a Carlisle antes de que se la arranques.
Lo liberé rápidamente.
—Lo siento —me disculpe avergonzada, no sabía porque tenía la idea que no debía dejarlos salir, ni alejarse de donde estábamos.
—Me parece que tiene un Don —señaló Edward a Carlisle.
Ambos me miraron son curiosidad.
—¿Un Don? —pregunté pasando la mirada de uno al otro.
—Es una capacidad especial con la que nacen alguno vampiros —me explico Edward.
—¡¿Vampiros?! —exclamé con temor—, ¡¿soy un vampiro?!
—Sí, lo lamento —murmuró Carlisle afligido—, no había mucho que pudiera hacer, sólo tenía esa manera de salvarte.
Miré a Carlisle, era el mismo que recordaba, no habían envejecido nada… de verdad éramos vampiros. Me pregunté cuantos años podría tener realmente, y aquél joven. ¿podría ser que fuera mayor que carlisle?
—No lo soy — me respondió sin que yo formulara la pregunta. Lo miré impresionada.
—pero, ¿qué…
—Puedo escuchar las mentes —me interrumpió antes de que pudiera decir nada—. Ese es mi Don.
—Ya veo —murmuré después de un rato. Me sentía perturbada al saber que mis pensamientos no eran privados.
El joven sonrió incomodo y se dio media vuelta. Debía ser más incomodo para él escuchar los pensamientos de todos.
—Tendremos que quedarnos al menos un tiempo aquí, ¿Cuánto crees que se demoren en rastrear el bosque? —dijo cambiando de tema mientras volvía a la otomana donde había estado sentado antes.
—No mucho, aunque son sagaces no tienen porque sospechar que haya algo por aquí. Hemos limpiado cada rastro de caza, incluidas las de Esme.
—Aún no me han explicado lo de mi Don —les recordé sintiéndome incomoda por la mención a mis cazas.
—Al parecer, puedes sentir cuando alguna situación podría volverse peligrosa antes de que suceda —me respondió Edward en la otomana—. Por eso no querías dejar salir a Carlisle, ni a mí. Supongo que los cazadores de allá afuera atacan antes de cerciorarse de quien se trata.
—¿Quiénes son los cazadores? —pregunté nuevamente—supongo que son los malos ¿no?
Edward y Carlisle cruzaron miradas preocupadas.
—Creo nosotros seriamos los malos en esta situación —me respondió Edward encogiéndose de hombros.
—Carlisle, antes dijiste que habían muchas cosas que explicarme —señalé con preocupación—, y espero que sean muy buenas explicaciones —añadí luego. Ambos me miraron con divertida obediencia y comenzaron a hablar. Mientras me contaban sobre el proceso por el que pasé para convertirme en vampiro, mientras hablaban sobre la sed de sangre y sobre la alimentación a base de animales a la que sólo ellos se sometían, mientras oía la historia de cómo ambos llegaron a ser vampiros, mientras me hablaban de la eterna pugna entre hombres lobos y vampiros no pude sentirme preocupada y temerosa. Cada cosa que decían era más sorprendente que la anterior y sin embargo aunque éramos cazados me sentía tranquila al estar junto a ellos.
Por un momento volví a recordar las imágenes de la familia feliz que me había imaginado junto a Carlisle, junto a hermosos hijos con sus ojos dorados y gentiles. Enseguida me sentí culpable al recordar al pequeño que había perdido ¿Cómo podía pensar en una familia feliz cuando él ni siquiera había tenido la oportunidad de nacer? Edward estiró su mano hacía mí tomándola suavemente.
—No te sientas culpable… —comenzó a hablar. No pude evitar sentir una presión tortuosa en el pecho.
—No tienes que hacerlo —lo interrumpí.
—Es sólo que… —me dijo tímidamente—, es sólo que no fue tu culpa.
Miré a Carlisle interrogante, ¿le había contado lo de mi pequeño?
—Me enteré de lo que te sucedió por tus pensamientos—aclaró, rápidamente antes de que yo pudiera decir algo—, no lo pude envitar. Créeme que entiendo cuan lastimada estas. Sé que lo amaste desde el momento en que supiste que existía y sé que jamás nadie podrá reemplazarlo, pero también quiero que sepas que no debes censurar esa imagen que tienes en tu mente. No es una locura, ni nada imposible, al menos yo estaría feliz de que se volviera realidad.
Sin poder evitarlo lo abracé. El dolor que sentía en mi interior no se marcharía tan pronto, pero esa calidez de ambos era la bienvenida a otra vida, a la que había soñado y que sepulté entre mis recuerdos infantiles. Carlisle se unió a nuestro abrazo sin comprender del todo, sus ojos dorados mirándonos con cariño. Ahora tenía motivos para continuar. Carlisle podría seguir mirándome como a la joven que le había declarado tontamente su amor años atrás, pero yo ya no lo era. Antes no había tenido motivos para seguir, ahora había vuelto a una razón para luchar, alguien a quien recuperar. Carlisle.
Les sonreí a ambos… estaba esperanzada en esta otra vida.
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Luna Nueva
Eclipse










Nori!!! Que emoción!!! no podía publicar porque no tenía cuenta en gmail, buuu, jajaja pero ya me hice una y aquí estoy, me sorprendiste! nadie se había puesto en el lugar de Esme! una historia facinante! :P Cariños,
ResponderEliminarNori... simplemente eres lo máximo *-*
ResponderEliminarCon eso lo digo todo xD